Autoexigencia

16:05

Me siento en un mar de deberías, en el que por momentos se diluye la ilusión. Esta autoexigencia que solo se convierte en traba, que me impide avanzar, juzgando cada paso que doy, cada palabra que escribo y me llena de culpa, y me susurra al oído que no lo estoy haciendo bien. No soy capaz de valorar con nitidez mi trabajo, sea el que sea, no distingo si estoy dando mi máximo o si en realidad es un autoengaño.

17:45

En octubre estaba sentada en la terraza de un bar disfrutando del esmorçaret mientras Sara me contaba su idea de crear una revista. ¡Una revista! No me lo creía pero era una idea tan maravillosa: crear un espacio para difundir sobre la alta sensibilidad y así que cada vez menos personas se sintieran solas por no comprender su propia sensibilidad, su manera única de vivir y sentir la vida.

Llegó enero y esta revista ya era una realidad. Una comunidad bonita, colaboradoras maravillosas, artículos increíbles y una campaña de crowfunding a punto de estrenar.

Nos tiramos a la piscina, sin más. Y había agua. Más de 160 mecenas nos apoyaron con su dinero y su confianza. No sé si alguna de esas personas entendió lo que significaba su aportación; tampoco yo tengo palabras suficientes para explicarlo. Cada email de Verkami sonaba a “yo creo en este proyecto”, y se convertían en manos que sostienen y fuerza en las alas para echar a volar.

Fue tan maravilloso conseguir el objetivo. En ese vídeo de presentación no solo estaba puesta toda nuestra ilusión, sino todo el ímpetu y las ganas de gritar al mundo que “Ser sensible no es sinónimo de ser débil”. Llegar al objetivo significaba que había más personas queriendo alzar la voz. 

Conseguimos el objetivo, pero a partir de ahí comenzó el descenso hacia los infiernos de la autoexigencia.

La confianza se convirtió en expectativas con las que cumplir. 160 personas habían depositado su confianza en este proyecto, en nosotras, en mí. Tenía que estar a la altura, debía esforzarme al máximo para que la revista fuera increíble, merecedora de cada euro depositado. Y a su vez, Sara y Yas se habían fiado de mí para compartir camino y repartir responsabilidades, no podía fallarles.

A todos esos debería y exigencias autoimpuestas por la falta de permiso a fallar y cometer errores se sumó todo lo que supone conseguir un crowfunding. Abrimos la caja de Pandora y todos los presupuestos y estimaciones que habíamos hecho se quedaron cortas, así que tuvimos que aprender a hacer malabares con lo que teníamos y buscar nuevos caminos para llegar a nuestro objetivo. Bienvenidas a los Juegos del Hambre.

Y es que nunca llegas a imaginar la magnitud que supone crear una revista hasta que te pones a ello.

19:20

Sin darme cuenta, entro en bucle. Siento que cada paso que doy no es suficiente, y por miedo, no lo doy; me cuestiono qué estoy haciendo, me culpo por no haber sido más rápida, más productiva, más eficaz… Las cosas se complican, los imprevistos surgen de la nada y ni tan siquiera soy capaz de darme la enhorabuena por solucionarlos, porque mi autoexigencia me pide más, y más, y más… me pide hasta que me asfixia y no me deja respirar, hasta que invita a su amiga la ansiedad para que se dé una vuelta sobre la tumba en la que yace mi autocompasión.

Pero no contenta con ello, la autoexigencia se pasea también por el resto de áreas de mi vida, ya sea que trabaje o cocine. Como buena carcelera, impone su tiranía durante todo el día. Yo que ya no distingo el día de la noche en esta celda oscura, no soy capaz siquiera de creer por un instante que hay cosas que hago bien. Con pulso tembloroso tecleo cada email que escribo, cada texto que redacto, cada publicación que creo, esperando que esta vez sea la buena y me conceda por fin mi preciada libertad.

20:35

El miedo constante a fracasar me persigue. Temo decepcionar a esas personas que han puesto su granito de arena en este proyecto. Incluso escribiendo estas palabras temo ser un fracaso. Escribo deprisa y corriendo, queriendo llenar todas las líneas de esta página, para llegar a tiempo, para no fallar, para no volver a hacerlo mal. Me da miedo no estar a la altura, que estas palabras sean demasiado simples para este proyecto, que habla desde el arte y la literatura. Cada día mi autoexigencia se alía con mi síndrome de la impostora en una danza tribal conjurando en mi contra, dejando seca toda mi creatividad.

21:15

Socorro. Pido auxilio con la mirada ya que mis gritos se ahogan en ese deseo de ser perfecta, de estar a la altura, de agradar a todos. Pero necesito ayuda, necesito salvarme de mi propia autoexigencia que me ha convertido en su prisionera y cada día me hace saber que no lo estoy haciendo suficientemente bien.

22:00

Cojo aire, respiro. Mañana será otro día. De momento ya he pedido cita con mi psicóloga.

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