No tengo trabajo, pero… ¿Para quién no lo tengo?

No tengo trabajo. No tengo trabajo. No tengo trabajo. Por lo tanto, no trabajo. Como no tengo trabajo, no trabajo. O lo que es lo mismo, no hago nada. Nada de nada.

Cada mañana, me levanto de la cama a la hora exacta en el que el móvil, que uso como despertador, dispara el primer click sonoro. Con este nuevo móvil, la alarma suena como pajarillos primaverales que se alegran de verte y por eso cantan. En muchas ocasiones, la mayoría diría yo, no abro el ojo en ese primer click, sino en el tercero y en el cuarto y en el quinto. Al abrir los ojos legañosos, observo el medio con extrañamiento y hago la pregunta de rigor, primero para mis adentros, después a ellos: ¿Os vais a ir de casa? Y con la calma, el café y las tostadas con aceite. Luego llega el corte repentino de luz y no poder trabajar y no poder cargar el móvil y no poder hacer todas las cosas que tengo que hacer. Y sin poder salir de casa porque espero algo que tiene que llegar y que seguro que llega cuando decida salir por la puerta. Y entre tanto peso, tanta culpa y tanta duda, ahí estaba yo. Sentada en el sofá, en pijama, con las gafas sucias y sin peinar, cayendo de nuevo en la trampa del trabajo y la productividad. ¿Se puede llamar trabajar a enviar y contestar emails? ¿Se puede llamar trabajar a gestionar y organizar eventos online? ¿Se puede llamar trabajar a leer para escribir y escribir para leer? ¿Se puede llamar trabajar a conseguir reuniones importantes para ese proyecto nuevo que acabas de crear? ¿Se puede llamar trabajar a planificar un calendario de comunicación de todas las cuentas de redes sociales que llevas? ¿Se puede llamar trabajar a intentar sacar una revista sobre alta sensibilidad adelante?

Por la tarde, quedo con una amiga y compañera del colectivo poético y escénico del que formo parte. Estamos preparando el siguiente bolo, la próxima actuación, además de reunir todos los papeles, estatutos y más documentación para convertirnos en asociación. Es la única manera de poder rascar algo de papá Estado para poder vivir dignamente de aquello en lo que tanto tiempo, estudio, dinero e ilusión he invertido. Al cerrar el portátil y coincidiendo con el toque de queda de los bares, pagamos el café con leche, dos euros menos en la cuenta bancaria, y damos un paseo por las tiendecitas del centro. Entramos a una de esas grandes franquicias de Inditex y mientras observo detenidamente cada pieza de ropa que no me puedo permitir, un hombre vestido de traje y corbata, intenta venderme una tarjeta que me ayudará a ahorrar dinero comprando. Me hace mil preguntas a las que contesto con una mezcla de extrañeza y vergüenza. Me pide el correo. Me llega a la bandeja de entrada un mail para que aprete un botoncito y acepte no sé qué términos. Al finalizar y darle al “OK”, me pregunta:

-¿En qué empresa trabajas?

-En ninguna, le respondo. Trabajo para mí.

-Ah, entonces no te sirve esta tarjeta. Es solo para gente que trabaja.

Otra vez el mantra inventado por mí resuena en mi cabeza. Cada vez con más fuerza. Como un martillo que taladra la pared hasta lograr su objetivo: hundirla y reventarla.

No tengo trabajo. No tengo trabajo. No tengo trabajo. Por lo tanto, no trabajo. Como no tengo trabajo, no trabajo o lo que es lo mismo, no hago nada. Nada de nada.

Con la mochila a rebosar de todo el pasado, el presente y el futuro inexistente cargado de oscuridad y ansiedades le envío un correo a mi psicóloga. Un correo desgarrador donde me abro en canal y le cuento cómo me siento después de esos mantras, después de todos estos sucesos.

“Tal y como te dije ayer, estoy teniendo unos días raros e intensos. Estoy tratando de entenderme y de comprender por qué, y más o menos veo un poco la luz, pero es algo que me sigue preocupando. Yo no tengo trabajo como tal, es decir, no voy a una oficina, no ficho, no recibo un presupuesto mensual. Nada de eso. Para la sociedad no trabajo, incluso yo misma me creo que no lo hago. Y es algo que me sigue doliendo”.

Mi psicóloga me responde:

“Dices «para la sociedad no trabajo, incluso yo misma me creo que no lo hago». Es importante que cambies tu diálogo interno, lo que te dices tiene muchísimo que ver en cómo te sientes. Cuando empieces a reprocharte lo del trabajo, sería bueno que te dijeras algo así: Ahora no tengo un trabajo remunerado, y la situación actual no lo pone fácil, sin embargo estoy con proyectos que en un futuro darán un resultado”.

Escribo ese nuevo mantra en la libreta de los proyectos y comparto la imagen en instagram por si le pudiera valer a alguien que se siente en la misma situación que yo. Es jueves por la mañana. Quedo a las 13:00 horas en el local donde haremos la obra de teatro para la que llevo la producción y comunicación. Llego antes de tiempo, la manía heredada de mi abuela. Hablo con la dueña del local. Me conoce por otro espectáculo que ya hicimos ahí. Directa a la yugular me pregunta: ¿Y tú de qué trabajas? Le cuento todo lo que hago con la boca muy chica porque ni yo misma sé qué hago o si valgo para lo que hago. Su respuesta: Deberías buscar un plan B.

Hoy en día, parece que solo se puede llamar trabajar a sentarse en una oficina de 8 a 2 y fichar y fichar y fichar y ver cómo tu cuenta del banco sube y sube y sube. La mía no hace más que bajar, pero, a veces, me siento encima del escritorio y desde ahí se ve todo con diferente perspectiva. Sí, trabajo. Claro que trabajo. Trabajo paso a paso. Poquito a poquito para que en un futuro lo pueda decir con la boca grande y gritar a los cuatro vientos que, por fin, TRABAJO de lo que quiero, de lo que me gusta, de lo que me apasiona porque valgo, porque soy buena, porque soy válida y porque tengo todos los ingredientes para comerme el mundo.

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